Autor: Pbro. Dr. José Juan García
Índice.
1. Resumen.
2. Palabras clave.
3. Introducción.
4. El Sermón de un Profeta en Comunidad.
5. ¿Qué hizo Montesinos? Una evangélica lectura de los signos de los tiempos.
6. Montesinos: solidaridad del corazón y las manos.
7. En el “hacerse” de ese Sermón, hubo un ejercicio sinodal de Discernimiento Comunitario.
8. La Comunidad era orante, austera y fraterna.
9. Reacciones ante el Mensaje.
10. Conclusión.
11. Bibliografía.
12. ¿Cómo citar esta voz?.
1. Resumen
El texto estudia el famoso sermón que Fray Antonio Montesinos predicó en el tercer domingo de Adviento de 1511 en La Española, considerado un punto de inflexión en la evangelización de América. Aunque fue Montesinos quien lo pronunció, el sermón fue fruto de un profundo discernimiento comunitario de la recién llegada y austera comunidad dominica, que observó con dolor la brutal explotación de los pueblos originarios. A través de la oración, el estudio, el diálogo y la escucha del clamor de las víctimas, los frailes comprendieron que debían denunciar proféticamente la injusticia. Por eso, el sermón —firmado por todos— señaló con valentía la ceguera moral de los colonizadores y defendió la dignidad y humanidad de los indígenas, aun a riesgo de enfrentar a las autoridades civiles y eclesiásticas.
El artículo muestra que la fuerza del mensaje de Montesinos surgió de tres pilares: la vida espiritual intensa de la comunidad, su pobreza evangélica y su auténtica fraternidad. Esa coherencia les dio autoridad moral para sostener públicamente su denuncia y llevarla incluso ante el Rey Fernando, logrando que la Corona atendiera la gravedad de la situación. Podemos vincular esta tradición profética con desafíos actuales, como la “economía que mata” señalada por el papa León XIV, recordando que la predicación cristiana solo es auténtica cuando nace de la compasión, la escucha del sufrimiento humano y el compromiso comunitario con la verdad y la justicia.
2. Palabras clave
Justicia – Libertad - Derechos de los indígenas – Pecado – Maltrato - Responsabilidad moral
3. Introducción
Esta breve investigación que llevamos a cabo, intenta mostrar cuán significativo puede ser una Homilía en tiempos de crisis. Desde el descubrimiento y luego conquista de América por parte de españoles, -en ese “mutuo encentro de dos mundos”, como gustaba señalar Juan Pablo II, hubo aciertos y errores, luces y sombres por todos conocidos. La labor de los Misioneros fue verdaderamente tesonera.
Por ello queremos mostrar una vez más, el Sermón de Fray Antonio Montesinos de Adviento de 1511, cómo fue rezado y discernido anteriormente por la austera Comunidad dominica de aquél tiempo, recientemente llegada de España. Una Homilía que significó un “antes” y un “después” del momento evangelizador y que llegó a los Reyes de España.
También queremos manifestar cómo esa situación de injusticia hacia el indígena, clamaba al cielo. Y los Misioneros alzaron su valiente voz, aún a costa del riesgo de perder confianza con algunos poderosos colonizadores. Pero la libertad del predicador –inspirado en Jesús Divino Maestro- se alzaba al vuelo de la verdad en defensa del humillado.
También hoy el papa León XIV habla sobre la “dictadura de una economía que mata” (Dilexi Te n° 92). Aquí se pone en cuestión un sistema económico global que prioriza el lucro por encima de la dignidad humana, generando exclusión, pobreza y violencia. Se percibe la huella de la enseñanza social del papa Francisco, pionero en señalar que la economía, cuando se convierte en fin y no en medio, destruye vidas y comunidades, y explota la casa común.
Cristo pobre vive en el rostro del hermano pobre. No es una carga; su rostro –tantas veces envejecido de antemano- es reflejo de un llamado a la proximidad y la cercanía, al compartir los dones que Dios da.
4. El Sermón de un Profeta en Comunidad
Si leemos detenidamente el relato resumido y probablemente filtrado que nos hace Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias, es preciso afirmar que, aunque el famoso sermón del tercer domingo de Adviento de 1511 fue pronunciado por el fraile dominico Antonio Montesinos, en realidad es el sermón de la comunidad. Basta analizar cómo se comprometió “sinodalmente” la comunidad religiosa en dicho sermón.
Éste es el resumen del sermón que nos ofrece Fray Bartolomé de las Casas: “Llegado el domingo y la hora de predicar, subió en el púlpito el susodicho padre fray Antón Montesino y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escripto y firmado de los demás: Ego vox clamantis in deserto.
Hecha su introducción y dicho algo de lo que tocaba a la materia del tiempo del Adviento, comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las consciencias de los españoles desta isla y la ceguedad en que vivían; con cuánto peligro andaban de su condenación no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta insensibilidad estaban continuamente zambullidos y en ellos morían. Luego torna sobre su tema, diciendo así:
Para os los dar a cognoscer me he sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla; y, por tanto, conviene que con atención, no cualquiera sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír.
Esta voz hizo estremecer a los oyentes con palabras y actitudes llenas de “parresía”:
“Esta voz (dixo él) os dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y cognozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Éstos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.[1]
5. ¿Qué hizo Montesinos? Una evangélica lectura de los signos de los tiempos.
El comienzo de aquella historia que llevó hasta la predicación de Montesinos no fue sino una lectura seria, atenta y compartida de los signos de los tiempos. También constituye una instancia firme de cercanía, de “escucha”, de compasión. Como se ve, dos rasgos antiguos y actuales de la espiritualidad cristiana.
Aquella lectura de los signos de los tiempos consistió en ver y oír con toda crudeza y realismo lo que estaba sucediendo.
Ver y mirar los signos de los tiempos. El texto de Bartolomé de las Casas hace constante referencia a esta mirada: “Considerando la triste vida y aspérrimo captiverio que la gente natural de esta isla padecía y cómo se consumían sin hacer caso de ellos los españoles que los poseían más que si fueran bestias sin provecho…” (Historia de las Indias, III, 3). “Viendo y mirando y considerando los dichos religiosos por muchos días las obras que los españoles a los indios hacían y el ningún cuidado que de su salud corporal y espiritual tenían…” (Historia de las Indias, III, 3).
Oír a los testigos y escuchar el clamor de las víctimas. Aquellos religiosos escucharon los gritos directos de las víctimas, pero también escucharon a los testigos de tanta injusticia y tanta barbarie. El testimonio más escalofriante les llega a través de Juan Garcés, que tras asesinar a su esposa hizo penitencia por los montes tres o cuatro años. “Éste, que llamaron fray Juan Garcés… descubrió a los religiosos muy en particular las execrables crueldades que él y todos los demás en estas inocentes gentes habían, en las guerras y en la paz, si alguna se pudiera paz decir, cometido, como testigo de vista. Los religiosos, asombrados de oír obras de humanidad y costumbre cristiana tan enemiga, cobraron mayor ánimo para impugnar el principio y medio y fin de aquesta horrible y nueva manera de tiránica injusticia…” (Historia de las Indias, III, 3).
Viendo y oyendo todo esto, los religiosos comenzaron “a juntar el hecho y el derecho” (Historia de las Indias, III, 3)[2].
En el principio de la predicación está el ver, “oír” los signos de los tiempos. De lo contrario la predicación cae en el vacío, la Palabra de Dios no responde a ninguna necesidad humana. Sólo contemplando los signos de los tiempos adquiere toda su importancia la contemplación del misterio de la salvación. Esta es la única manera de que no anden divorciados la ley y la realidad.
El Evangelio que predicamos es el mismo para todos los continentes, pueblos y culturas. ¿Puede la predicación ser la misma? ¿Qué valor y significado posee la “inculturación”? ¿Qué tiene de revelador el evangelio cristiano que predicamos si no ilumina algún lado oscuro de la vida de las personas y de los pueblos?
Una cualidad esencial del profeta es la capacidad de ver los signos de los tiempos y escuchar el clamor de las víctimas. Esta dimensión de “escucha” es clave e ineludible. Sin ella, lo posterior corre el riesgo de ser muy limitado. La escucha es la primera condición de la Misión. Sin tematizar esto, los frailes dominicos eran conscientes de ello.
6. Montesinos: solidaridad del corazón y las manos
La contemplación de “aquella horrible y nueva manera de tiránica injusticia” no fue un ejercicio de curiosidad académica o de interés científico, para exponer luego en un Congreso. Ni siquiera fue una reacción emocional momentánea. Aquella contemplación nació de un ejercicio de fe y desembocó en un ejercicio de compasión, de auténtica solidaridad del corazón y las manos.
Como dice Las Casas, aquellos religiosos eran “hombres de los espirituales y de Dios muy amigos” (Historia de las Indias, III, 3). El mismo Juan Garcés sabía “del olor de santidad que la llegada de aquella Orden de sí producía” (Historia de las Indias, III, 3). Aquí hay una clave para entender el celo apostólico de aquella comunidad, la fuerzas de aquel sermón y la identidad específica de aquella predicación. Sólo desde la experiencia de fe, es posible una lectura creyente de la realidad.
Aquí está la clave de las fortalezas y debilidades de la predicación cristiana. Aquella era una comunidad de la reforma, como lo fueron la mayoría de las primeras comunidades misioneras del siglo XVI. La Oración personal y comunitaria precedía los desafíos pastorales.
Un desafío serio para la predicación hoy es conseguir personal y comunitariamente unos niveles de experiencia de Dios, de experiencia de fe, que dé de sí una predicación verdaderamente evangélica. La fe es un don que se regala, pero el alma la conserva o pierde. La negligencia o la mundanidad espiritual puede llevar a resultados estériles. No se trata de ser más piadosos, sino de ser más creyentes, para ser “más” predicadores.
La solidaridad con el que sufre estuvo en el origen de aquella predicación, como debería estar en el origen de toda predicación. “Los religiosos, asombrados de oír obras de humanidad y costumbre cristiana tan enemigas…, encendidos del calor y celo de la honra divina y doliéndose de las injurias que contra su ley y mandamientos de Dios se hacían… y compadeciéndose entrañablemente de la jactura de tan gran número de ánimas como, sin haber quien se doliese ni hiciese cuenta de ellas, habían perecido y cada hora perecían…” (Historia de las Indias, III, 3).
Sin la compasión la predicación se convierte en una profesión, que se aprende con entrenamiento y se ejercita con rutina, como algo mecánico. Con la compasión la predicación se ejerce como una vocación y se ejercita con pasión. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!, resuena en el corazón del predicador el ejemplo del apóstol Pablo.
De Domingo de Guzmán dicen los testigos de la canonización que a nadie habían visto que tuviera tal celo por la salvación de las almas. La compasión y el celo apostólico o la urgencia de la predicación caminan siempre juntos. Hoy que tanto se exalta la compasión y solidaridad como virtudes específicamente cristianas, deberíamos preguntarnos: ¿Se refleja esa compasión en un celo creciente en la Iglesia por el ministerio de la predicación? ¿Dicha solidaridad, ¿nos conduce a algún lugar de encuentro? Si no conduce a ningún sitio, cabe dudar de su autenticidad. Nada peor que las palabras vacías.
7. En el “hacerse” de ese Sermón, hubo un ejercicio sinodal de Discernimiento Comunitario.
Quizá sea el rasgo más peculiar de aquella comunidad y de aquella predicación. Montesinos no fue un “francotirador”. Y quizá sea uno de los desafíos que tenemos hoy las comunidades cristianas: devolver a la predicación su carácter esencialmente comunitario, que es mucho más que preparar la homilía en común, aunque esto tenga su importancia. Hagamos algunas observaciones al respecto.
El predicador fue Montesinos, pero la predicación fue el resultado de una deliberación comunitaria. Montesinos fue la boca de la comunidad, el altavoz de la comunidad, el mediador de una predicación esencialmente comunitaria. Aquí radica su carácter “sinodal”: fue el resultado visible de un caminar juntos un gran desafío pastoral.
Así lo narra Bartolomé de las Casas: “Los religiosos, asombrados de oír (tales cosas)…; encendidos del calor y de la honra divina…; compadeciéndose entrañablemente… suplicando y encomendándose mucho a Dios con continuas oraciones, ayunos y vigilias, les alumbrase para no errar en cosa que tanto iba, como quiera que se les representaba cuán nuevo y escandaloso había de ser despertar a personas que en tan profundo y abisal sueño y tan insensiblemente dormían, finalmente, habido su maduro y repetido muchas veces consejo, deliberaron predicarlo en los púlpitos públicamente y declarar el estado en que los pecadores nuestros que aquestas gentes tenían y oprimían estaban y, muriendo en él, dónde al cabo de sus inhumanidades y cudicias a recibir su galardón iban. Acuerdan todos los más letrados dellos, por orden del prudentísimo siervo de Dios, el padre fray Pedro de Córdoba, vicario dellos, el sermón primero que acerca de la materia predicarse debía, y firmándolo todo de sus nombres para que pareciese cómo no sólo del que lo hubiese de predicar, pero que de parecer y deliberación y consentimiento y aprobación de todos procedía. Impuso, mandándolo por obediencia, el dicho padre vicario que se predicase aquel sermón, al principal predicador dellos después del dicho padre vicario, el padre fray Antón Montesinos…” (Historia de las Indias, III, 3).
Este es un texto icónico que deberíamos meditar asiduamente todas las comunidades cristianas comprometidas con el ministerio de la reflexión teológica, la predicación y evangelización. En él encontramos un relato perfecto de lo que significa una preparación comunitaria de la predicación, de la homilía, de la catequesis, de la evangelización.
En esta preparación comunitaria de aquella homilía entran varios elementos a tener en cuenta:
1) Oraciones, ayunos, vigilias de la comunidad, suplicando y encomendándose mucho a Dios que los iluminara para no errar en asunto tan importante como era la salvación de españoles e indios. Éste un rasgo destacado de aquella comunidad.
Rezar la predicación es orar, meditar, contemplar a la vez los signos de los tiempos y la Palabra de Dios. O sea, un oído en el Evangelio y el otro oído en el Pueblo.
La experiencia de Dios no es en primer lugar un asunto comunitario, es asunto individual; pero la comunidad es el espacio en el cual los hermanos y hermanas han de cultivar la experiencia de fe, la experiencia de Dios. Sin esta experiencia es absolutamente imposible una predicación cristiana.
2) Discernimiento común, puesta en común sobre la situación, el momento, el contenido y la forma de la predicación. Es otro rasgo destacado de aquella comunidad.
El estudio y la búsqueda de la verdad es tarea personal, pero es también tarea comunitaria. El estudio y el discernimiento deliberación llevó a la comunidad de Pedro de Córdoba en doble dirección: a) En primer lugar, el estudio los condujo a un análisis de la realidad o la consideración crítica de las actuaciones de los españoles y los padecimientos de los indios. Análisis del hecho y del derecho. Análisis de la realidad, de los signos de los tiempos. b) En segundo lugar, el estudio les condujo a la búsqueda de la verdad plena en aquella situación concreta, al análisis creyente de aquellas situaciones, para anunciar apropiadamente el Evangelio y denunciar proféticamente las situaciones antievangélicas. Estudio de la Palabra de Dios actualizada y contextualizada: ¿qué nos dice hoy, aquí y ahora?
Era una comunidad de letrados, venidos de Salamanca y Ávila. Consigo habían traído mucha pobreza, pero también la biblioteca necesaria para la evangelización (30 artes de Gramática, 2 concordancias de la Biblia, obras de San Agustín, Decretales, Clementinas, 3 biblias pequeñas, las obras de Santo Tomás con una Tabula aurea, la Suma Doctrinal de San Antonio, una Suma Angélica, un Vocabulario católico, 6 Triunfos de la fe…).
Era una comunidad de letrados, se nos dice, pero no ajenos a la sensibilidad apostólica; quizá era un ejemplo de reconciliación entre la figura del doctor y el misionero, reconciliación de la que estamos tan necesitados hoy. Se trataba de una comunidad orante y a la vez de una comunidad de estudio, todo en función de la predicación. A juzgar por los escritos de Fray Pedro de Córdoba y, sobre todo, por los escritos posteriores de Fray Bartolomé de las Casas. Hombre de fe y culto, quizá su libro de texto era ya la Suma Teológica de Santo Tomás.
Se entiende así más claramente que se trate de una predicación tan sensible al problema de la justicia. Como Domingo de Guzmán y Diego, cuando mandaron sus elementos diarios a Osma, se quedaron con los libros de rezo y de estudio, los misioneros de la Española, en medio de su pobreza, llevaron consigo los libros de rezo y de estudio. Podríamos preguntarnos entonces: ¿Qué libros tenían en su biblioteca?
3) Y otro rasgo caracteriza ese discernimiento comunitario. Los religiosos interpretan la actuación de los españoles en clave de “ceguera”, de “sueño profundo y abisal”. Este asunto es muy evangélico y debe inspirar toda predicación cristiana. No pocos colonizadores estaban en cierto modo, “enceguecidos” por el oro y la plata de estas tierras. No todo era acción antievangélica y antihumana o malicia pura. Es más certero y más evangélico, achacarlo a la ceguera, a la falta de luz. Llama la atención la insistencia en el tema de la ceguera, que está presente una y otra vez en el relato de Bartolomé de las Casas.
4) Y la consumación de este carácter comunitario de aquella predicación fue ese gesto de firmar todos el sermón: todos lo firmaron con sus nombres para que quedara claro que no era sermón de quien lo había de predicar sino que “era de parecer y deliberación y consentimiento y aprobación de todos” (Historia de las Indias, III, 3).
El resultado de todo este proceso es que lo que predica Montesinos no es su sermón, sino el sermón de toda la comunidad. Que el mensaje que predica Montesinos no es su mensaje personal, sino el mensaje evangélico rezado, estudiado, discutido y discernido por toda la comunidad.
Realizada la preparación comunitaria de la predicación, responsablemente encomiendan pronunciar el sermón a Fray Antonio Montesinos, que tiene la “gracia de la predicación”. “Impuso –mandándolo por obediencia- el dicho padre vicario que predicase aquel sermón, al principal predicador de ellos después del dicho padre vicario, que se llamaba el padre fray Antón Montesinos… Este padre fray Antón Montesinos tenía gracia de predicar, era aspérrimo en reprender vicios y, sobre todo, en sus sermones y palabras, como muy colórico y eficacísimo; y así hacía en sus sermones mucho fruto. A este como muy animoso cometieron el primer sermón desta materia, tan nueva para los españoles de esta isla; y la novedad no era otra sino afirmar que matar estas gentes era más pecado que matar chinches” (Historia de las Indias, III, 3).
Este es un gesto de responsabilidad comunitaria: encomendar predicación tan importante y decisiva, sin celos pastorales, al hermano que podía producir más fruto, por tener la gracia de la predicación. Lo que interesaba no era el lucimiento personal ni institucional, sino el sacar frutos dignos de conversión en el pueblo.
El gesto de esta comunidad nos remite a un problema muy presente en los orígenes dominicanos: el encargo de la predicación a aquellos hermanos que habían recibido la gracia de la predicación, la gratia praedicationis. Mucho se ha escrito y debatido sobre este asunto. La expresión gratia praedicationis aparece ya en las Primeras Constituciones, escritas del puño y letra de Domingo. Se encomienda al Capítulo General discernir este carisma e investir como predicadores a aquellos que tienen la gracia de la predicación. Dada la dificultad en el discernimiento y que algunos frailes presumían y abusaban de tener la gracia de la predicación, el Capítulo General de 1249 eliminó la expresión de las Constituciones. Sin embargo, quedó en la conciencia colectiva la convicción de que la predicación es una gracia, un don, un carisma.
8. La Comunidad era orante, austera y fraterna
Desde los orígenes del cristianismo se consideró que la vida evangélica de una comunidad monástica por ejemplo, era ya una predicación, precisamente por mostrar en la práctica en qué consiste la vida evangélica.
Este respaldo testimonial de la predicación tiene lugar también en aquella comunidad dominicana de La Española. Su predicación está acreditada y respaldada, no sólo por la buena conducta moral de sus miembros –que no es poco-, sino también y sobre todo por la vida evangélica de toda la comunidad.
Tengamos presente que aquellos religiosos pertenecen a la vida religiosa de la reforma. Precisamente había sido la reforma interna de la Orden lo que había retrasado la llegada de los Dominicos a América, pues no fueron enviados hasta que la reforma no estuvo asegurada. Y esta reforma había puesto todo el empeño en dos frentes: la disciplina u observancia religiosa y el estudio asiduo de la verdad sagrada. Por consiguiente, los dominicos de aquella comunidad estaban bien formados para el ministerio de la predicación.
Esta vida evangélica que acredita la predicación de la comunidad se concreta en este caso en tres rasgos sobresalientes.
El cultivo de la experiencia de Dios. De los religiosos que componen aquella comunidad nos dice Bartolomé de las Casas que eran “hombres de los espirituales y de Dios muy amigos”. Los naturales sabían “del olor de santidad que de sí producía (aquella Orden)”, que “vivían en rigor de religión”, que “suplicaban y se encomendaban mucho a Dios con continuas oraciones, ayunos y vigilias” (Historia de las Indias, III, 3). Se trataba, pues, de una comunidad religiosa, no de una residencia. Se trataba de un convento de hermanos convocados por la misma fe y la misma vocación. Su predicación era la expresión de su experiencia de fe.
La pobreza evangélica. Era rasgo destacado de las comunidades misioneras del siglo XVI, nacidas de la reforma. Lo vemos en las primeras comunidades de América y en las primeras comunidades de Asia. De esta comunidad se nos dice, por ejemplo, que: “vivían en una casa de paja”; que “vivían en gran estrechura y rigor de religión” (Historia de las Indias, III, 3); que “sus alhajas no eran sino los hábitos de jerga muy basta que tenían vestidos, y unas mantas de la misma jerga con las que se cubrían de noche; las camas eran unas varas puestas sobre unas horquetas –que llaman cadalechos- y sobre ellas unos manojos de paja; mas lo que tocaba al recaudo de la misa y algunos librillos; que pudiera quizá caber todo en dos arcas” (Historia de las Indias, III, 4). Predicado el famoso sermón, Montesinos y sus hermanos regresaron a su casa de paja, “donde por ventura no tenían qué comer sino caldo de berzas sin aceite, como algunas veces les acaecía” (Historia de las Indias, III, 4). Cuando determinaron enviar a fray Montesinos a la cohorte para defender la verdad de su sermón y de su denuncia, “salieron a pedir limosna por el pueblo para la comida de su viaje” (Historia de las Indias, III, 6). Y guardaban ayuno desde la fiesta de la Santa Cruz hasta la Pascua. El testimonio de una vida evangélica era fuente de autoridad moral para aquellos predicadores.
La fraternidad. Hay dos detalles que nos permiten afirmar que la vida fraterna formaba parte del testimonio evangélico que acreditaba su predicación. En primer lugar, nos dicen los historiadores que Fray Antonio Montesinos predicó en el funeral de fray Pedro de Córdoba y usó como lema el conocido “Ecce quam bonum et quam iucundum habitare frates in unum”. Quizá porque evocaba a todos aquellos tiempos de una vida verdaderamente fraterna en aquella comunidad. En segundo lugar, destaca el consenso y la armonía de toda la comunidad en la preparación del famoso sermón de adviento y en el respaldo del predicador después de predicarlo. Esto es fraternidad en acción o capacidad de formar equipo apostólico, algo de lo que hoy andamos escasos. En la preparación del sermón: “Comenzaron a tratar entre sí de la fealdad y enormidad de tan nunca oída injusticia” (Historia de las Indias, III, 3); “habido su maduro y repetido muchas veces consejo, deliberaron de predicarlo en los púlpitos públicamente…” (Historia de las Indias, III, 3); “todos lo concedieron de muy buena voluntad” (Historia de las Indias, III, 3). En el respaldo del predicador: “El padre vicario respondió (a las autoridades que reclamaban la presencia de fray Montesinos) que lo que había predicado aquel padre había sido de parecer, voluntad y consentimiento suyo y de todos…” (Historia de las Indias, III, 4); “trataron en su acuerdo (no sin muchas y afectuosas oraciones y lágrimas)… y deliberaron que fuese también a Castilla el mismo padre fray Montesinos, que lo había predicado…” (Historia de las Indias, III, 6); “(y se fue) puesta toda su confianza en Dios por las oraciones de los que acá quedaban” (Historia de las Indias, III, 6)…
Son testimonios de la fraternidad que sustentaba y acreditaba la predicación, pues el primer predicador es la práctica de la caridad entre los hermanos y hermanas.
9. Reacciones ante el Mensaje
“El camino de los dominicos es el testimonio de la verdad, a la que se llega por la externidad al sistema, mantenida por la oración, la penitencia, la pobreza y el discernimiento comunitario”[3].
Como era de pensarse, las autoridades de La Española se enfurecieron, azuzaron a la gente y fueron al convento a protestar. Fray Pedro de Córdoba, en nombre de la comunidad, asumió de nuevo la responsabilidad por lo predicado, y sólo accedió a que fray Montesinos predicara el domingo siguiente, para repetir las mismas denuncias. Una predicación es comunitaria cuando la comunidad asume las consecuencias de la predicación hasta el final. Es lo que sucedió.
En el segundo sermón fray Montesinos y la comunidad se mantuvieron en las mismas denuncias. No importa que se les acusara de predicar “cosa tan nueva y tan perjudicial, en deservicio del rey y daño de todos los vecinos de aquella ciudad y de toda la isla” (Historia de las Indias, III, 4). Y tampoco importa las consecuencias que dicha predicación tenga para la comunidad. Las autoridades civiles y el mismo provincial, mal informado, los amenazaron con volver a España.
El respaldo al predicador y al mensaje fue más allá, hasta la corte. Si las autoridades civiles mandaron a fray Alonso del Espinal para mal-informar al Rey, los dominicos decidieron enviar al mismo fray Montesinos para informar en la corte de la verdad de los hechos y, por consiguiente, de la verdad del sermón. Les costó pedir limosna para costear el viaje, y le costó al fraile entrar en la estancia del Rey Fernando de Aragón, pero al fin lo consiguió, y valió la pena. Una vez allí, Montesinos le dijo al anciano monarca: “¿Vuestra Alteza manda hacer eso?; bien soy cierto que no lo manda’. Dijo el Rey: ‘No, por Dios, ni tal mandé en mi vida”. Fernando, el Católico se comprometió a poner remedio a la situación. “Y así el padre fray Antonio se levantó, y besadas al Rey las manos, se salió, habiendo aquel día, a pesar del portero, bien negociado” (Historia de la Indias, III, 3).
Esto es llevar hasta el final la dimensión pública de la fe cristiana. Esto es llevar hasta el final el respaldo comunitario de la predicación auténticamente cristiana, no importa qué fraile predique. Esto hace la predicación más comunitaria y más comprometida con la justicia.
Montesinos predicó el evangelio y el valor de la justicia y el buen trato hasta el final de sus días, que ocurrió en Venezuela, el 27 de junio de 1540.
10. Conclusión
El grito de Montesinos, aunque fue el primer grito libertario en América Latina, no fue el único. Puebla no los recuerda en un texto conocido:
“Intrépidos luchadores por la justicia, evangelizadores de la paz como Antonio de Montesinos, Bartolomé de Las Casas, Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel Nóbrega y tantos otros que defendieron a los indios ante los conquistadores y encomenderos, incluso hasta la muerte, como el Obispo Antonio Valdivielso, demuestran con la evidencia de los hechos, cómo la Iglesia promueve la dignidad y la libertad del hombre latinoamericano”[4].
Según la comunidad dominica aquellos indígenas son seres humanos e hijos de Dios. Son dueños en pacífica posesión de sus tierras. No se los puede esclavizar ni servirse de ellos en contra de su voluntad, ni, por supuesto, maltratarlos o matarlos. Hay que predicarles el evangelio y acogerlos con mente y corazón de misericordia.
El Sermón de Montesinos sigue actual. Hay zonas del mundo donde hay opresión. Fuera de la justicia no hay salvación. Fuera de la fe y un mínimo de humanidad no hay salvación. Esto hace de la predicación una predicación profética de verdad.
En esta defensa de la justicia la comunidad de Fray Pedro de Córdoba fue muy lejos, más allá de lo que acostumbraban los predicadores de la época. Hizo una denuncia suficiente para haber cambiado el signo de la colonización y la evangelización del Continente. Pero los intereses del imperio restaron eficacia a aquel sermón. Los miembros de aquella comunidad, urgidos por su responsabilidad en el ministerio de la predicación, no se amedrentaron ante las amenazas de las autoridades civiles y militares.
Fueron amenazados incluso con ser devueltos a España. Pese a ello, predicaron justicia y denunciaron la injusticia en el primer sermón, se reafirmaron en el segundo sermón tras la amenazas, y llegaron hasta la Corte para que se supiera la verdad y se cambiara todo el sistema de conquista, colonización y evangelización. E implicaron en la causa de la justicia, que era la causa de los indios, a los Dominicos de Salamanca y de Ávila.
Hoy sigue siendo necesario -para que la Iglesia sea más creíble- incorporar en sus espacios y movimientos, la causa de la justicia, la paz, los derechos humanos de todas las mayorías y minorías que padecen la violación de los mismos. “Lo que pasa, nos pasa”, decía el filósofo Julián Marías. E interesarse en esas causas no es hacer política; es sacar las consecuencias públicas y políticas del mensaje evangélico que predicamos. Todo lo auténticamente humano, tiene eco en el corazón del cristiano[5].
Pero es en este campo en el que hay que juntar el derecho con el hecho, como lo hizo la comunidad de fray Pedro de Córdoba. Porque especialmente en el ámbito de la justicia y de los derechos humanos no basta la defensa de la causa en la docencia y en la predicación. Es necesario añadir o simultanear el compromiso en los frentes que sea necesario y en las versiones que cada momento exija.
Humberto de Romanis, el célebre fraile medieval de la Orden de los Predicadores, escribió un manual sobre la formación de los predicadores. En él habla de la “predicación fuera de la predicación”. Quería decir que hay que predicar, no sólo de palabra, desde los púlpitos y en los templos, sino también con los hechos y en las calles. Hay presencias y compromisos que son pura predicación silenciosa de la causa de la justicia. Para discernir estas presencias, estas causas, estos compromisos y mantenerse firmes y constantes en ellos, a pesar de las dificultades y las amenazas de muerte, es muy necesario el discernimiento y el apoyo comunitario.
En este asunto de la justicia y los derechos humanos es desafío primero pasar del derecho al hecho. No basta la vía del raciocinio, del discurso, de las explicaciones. En asuntos de justicia y paz, sin quitar importancia al discurso y las explicaciones científicas y críticas, lo finalmente necesario son las soluciones prácticas justas. No sólo se necesita la legitimidad de origen, sino también del ejercicio del derecho en modo ecuánime. En todo caso, el coraje y la resistencia en estas causas de la justicia y de los derechos humanos, a pesar de todos los riesgos y amenazas, están garantizados cuando hay motivaciones evangélicas genuinas, experiencia de fe suficiente, y recursos filosóficos y teológicos sólidos. De lo contrario, puede suceder el “bajar los brazos” y abandonarlo todo, con actitud de repliegue y egoísmo.
La predicación cristiana si no está respaldada por una sana opción comprometida por la justicia y los derechos humanos, ella misma puede quedar desacreditada. Y una buena señal es colocarse de parte de las víctimas. Este situarse de la parte de las víctimas acercará siempre al predicador a la Justicia del Reino. “Buscad el Reino de Dios y su Justicia”. Este fue el objetivo de la comunidad de Fray Pedro de Córdoba cuando decidió predicar aquel sermón. Este fue el único propósito de aquel sermón que predicó Fray Antonio Montesinos en La Española, hoy República Dominicana y Haití, el tercer domino de Adviento del año 1511. Nos dejó una gran lección. Sensibilidad por el vulnerable, amor a Dios, llamado fuerte a la conversión.
11. Bibliografía
LAS CASAS, B. Historia de Las Indias, libros II y III, Biblioteca de Ayacucho, Caracas, págs 13-14.
Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, Roma, 1965.
Documento de Aparecida, Brasil , 2007.
DE LA TORRE RANGEL, J. A., “Quinientos años del Sermón de Montesinos y del Comienzo de la Lucha por los Derechos Humanos en Hispanoamérica”, cita tomada el 4 de octubre de 2025, de www.eld.edu.mx, del 12 de julio de 2023. Escuela Libre de Derecho, México.
FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Historia General y Natural de Las Indias. BAE, Atlas, Madrid 1959, I, 66-67.
LEÓN XIV, Exhortación Apostólica Dilexi Te, Roma, 2025.
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TRIGO, P., “El Sermón de Montesinos como acontecimiento: Condiciones de posibilidad y consecuencias”, Revista Latinoamericana de Teología, servicio on line, Portal Koinonia.
12. ¿Cómo citar esta voz?
Sugerimos el siguiente modo de citar, que contiene los datos editoriales necesarios para la atribución de la obra a sus autores y su consulta, tal y como se encontraba en la red en el momento en que fue consultada:
García José Juan, en García JJ. (Director) https://enciclopediadsi.com/ )
[1] LAS CASAS, B., Historia de la Indias, Biblioteca de Ayacucho, Caracas, edición de 1986.
[2] Relatos coincidentes con los de B. de Las Casas y que remontan al mismísimo Colón, es el del historiador Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de Las Indias. BAE, Atlas, Madrid 1959, I, 66-67.
[3] TRIGO, P., “El Sermón de Montesinos como acontecimiento: Condiciones de posibilidad y consecuencias”, Revista Latinoamericana de Teología, Servicio Koinonia on line, cita tomada el día 4 de octubre de 2025.
[4] Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe, Documento de Puebla, 1979, n° 8.
[5] Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes n° 1.